2/2/19

Otro encuentro con el amor

Salimos de Sierra de la Ventana antes del mediodía y, luego de 344 kilómetros, llegamos a la ciudad de Tandil. Sin dar más vueltas, buscamos alojarnos en el mismo lugar de la última vez de nuestra visita a esta bellísima ciudad: el Apart Hotel Curahue. Por suerte había disponibilidad para las siguientes dos noches y nos instalamos en una de las lindas cabañas que tienen. Estábamos tan acalorados que, a los pocos minutos, ya estábamos aprovechando la pileta.



En esta ciudad tan hermosa, nos esperan también amores: nuestras sobrinas, Chechu y Agustina, sus parejas y nuestro bonito sobrino nieto: Salvador. 
Como son días de trabajo, les mandamos un mensajito y dejamos que ellas nos digan cómo y cuándo encontrarnos. En seguida, Agus nos invita a tomar mate y, más tarde, a comer unas riquísimas pizzas hechas por ella misma. Un rato más tarde, llegó Chechu. Por suerte, Matías, su pareja, la reemplazó en su negocio para que ella pueda venir a cenar con nosotros. Lucas, el papá de Salva, llegó tan cansado que se quedó dormido junto a su hijito. Sumemos a todo un calor agobiante que no es nada común por estos lares.
Aprovechamos para ponernos al día con un montón de temas y, por supuesto, para contarles algo de este hermoso viaje que es la concreción de un viejo sueño nuestro.
Al día siguiente, fue la cena de despedida. Esta vez se sumaron a la cena Salva y Lucas, más descansados, y comimos unas exquisitas empanadas que llevamos nosotros, de un lugar que nos recomendó Chechu, La Fattoria.



El jueves 30, después de un exquisito desayuno, aprovechamos para pasear un rato: nos fuimos al Cerro Centinela. El calor es tan agobiante que cuesta muchísimo subir (más con mi problema del pie), pero aún así llegamos hasta la piedra. Lo típico pasó: no solo nos sacamos las típicas fotos que verán a continuación, sino que les sacamos a muchas personas fotografías de recuerdo. ¡Cómo nos gusta esto!


En el camino, nos metimos en una pulpería de excelente ambientación. Estuvimos un largo rato conversando con una mujer joven, dueña del lugar. Nos contó cosas muy interesantes, como se las arreglan con el agua y con la energía. Lo gratificante: cuando nos despedimos, nos comentó qué hermosa conversación habíamos tenido. Eso me hace muy feliz.



La hora del almuerzo nos encuentra en este lugar, pero sin hambre. Ricardo se come un rico sandwich de jamón crudo y compartimos una masa dulce con muchas frutas secas. Tengo más sed que cualquier otra cosa en este mundo: qué calorete.
A la tarde, nos quedamos en el apart. Dormimos (disfrutando del indispensable aire acondicionado) una siestita y luego... ¡¡a la pile!! Hasta nos dimos el gusto de tomar la merienda en la cómoda terracita que tiene la cabaña.

Los empleados del apart son muy amables; la gente que está como nosotros alojadas acá, muy simpáticas. Es más: nos hicimos de una amiguita, de nombre Catalina, que le encantaba la pileta y jugó mucho con nosotros y los flotadores. Tenía una facilidad muy grande para conversar... 

Lo único negativo fue encontrar a la mañana un choquecito (bastante profundo, justo sobre el vinilo de la guarda pampa) en la parte lateral de la camioneta en el estacionamiento del hotel. No estuvo bueno.

A la mañana siguiente (viernes 31), después del desayuno, nos fuimos a la casa de quesos que nos recomendó Agustina (es su cliente), pero como no estaba abierto aún, dimos una vuelta y luego, le compramos varios pedazos de quesos (¡¡nos encantan!!) para llevarnos a casa.

Dimos vuelta por el centro (saqué fotos en la bellísima plaza del Centro), subimos hasta el hermosísimo Castillo Morisco (casi nos quedamos a almorzar ahí, pero no tenían productos necesarios para las ensaladas que ofrecían) y subimos hasta donde está el fundador de Tandil, Gral. Rodriguez.

Antes de irnos, hicimos algo que siempre nos quedaba sin hacer cada vez que visitábamos Tandil: fuimos a comer a Época de quesos, un lugar turístico y muy particular. Se trata de un rancho, edificado en 1860 y hoy es Monumento histórico, la única esquina sin ochava de la ciudad.

Dentro funciona un almacén de quesos y fiambres muy especiales, y en los distintos cuartos internos y patio, un restaurant. La decoración es abrumadora, llena de objetos antiguos y coloridos. En el fondo del patio, hasta tienen un gallinero bien al estilo de principio de siglo XX. Es como viajar hacia el pasado.

Comimos dos sándwiches, que no pudimos terminar, grandes y riquísimos... y nos quedó esa sensación de aquí se terminó todo...



Cargamos gasolina y nos lanzamos a la ruta con un raro sentimiento de "Qué bueno estuvo todo lo que vivimos" con "Ufa, tener que volver...".

Pero así es: como decía Vox Dei..."todo concluye al fin, todo termina..."

30/1/19

Entre la Villa y la Sierra...

El lunes 28 salimos de Bahía Blanca al mediodía. Hacía un calor de aquellos que no se olvidan jamás: abrumador, húmedo, digamos con un poco de exageración: cruel.
Un poquito más de dos horas después, llegamos a Villa Ventana, un paraíso que hace muchos años conocemos. Yo, gracias a mis queridos suegros, allá por la década del 80, cuando todavía éramos novios.



Bajamos de la camioneta, agobiados por el calor, y entramos a un restaurant nuevo, al menos que nosotros no conocíamos, llamado Mr. Rico. Nos atendieron muy bien, comimos unas ricas milanesas y tuvimos una linda charla con uno de los mozos que nos atendieron.
La impresión general es que está hermosa la Villa, más verde, con algunos negocios nuevos y unas galerías hechas de madera que le da un toque de magia a la comarca.
Dentro de la camioneta (con aire acondicionado a full), recorrimos varias calles de la villa, recordando lindos momentos de otras vacaciones. 



Sacamos fotos de los límites de la villa, allí donde las sierras muestran claramente su esplendor, también del balneario y de la calle principal. Allí nos bajamos a ver por qué Dandeleon, una casa de té que adoramos, estaba cerrada (este año abren solo después de las 17 horas) y pasamos por el frente del complejo de cabañas en donde (allá por el 2006) pasamos unos hermosos días: las Cabañas de la Reina.



Como el calor era cada vez más intenso, decidimos sí o sí conseguir un buen hotel para descansar y refrescarnos un poco. Fuimos entonces a Sierra de la Ventana.
Hay mucha oferta para alojarnos, pero pensamos que un hotel era lo mejor y se nos ocurrió que hacerlo en un hotel histórico de Sierra, que vimos aquel año recuperar, podría ser muy interesante.

Lo cierto es que sí había lugar y allí nos quedamos, en el Grand Hotel Sierra de la Ventana, construido por el mismísimo fundador de la ciudad, Don Dietrich Meyer, hace más de 100 años, a unos metros de la estación del ferrocarril.



 La habitación es muy linda, está ubicada sobre la avenida principal (¿adivinen cómo se llama? Sí, San Martín, como casi todas) y tiene una pintoresca ventana de estilo bow window. Nos atienden una mujer y un hombre muy atentos. Tiene un amplio garaje, una hermosa pileta cubierta y... ¡¡un imprescindible y glorioso aire acondicionado!!

Después de un lindo descanso, salimos a caminar (muy a pesar del sofocante calor) a mirar lo que con acierto bien recordáramos: muy buenos comercios de comidas regionales y de artesanías de gran nivel. Eso hicimos: conversamos muy animadamente con dos comerciantes, una señora muy amigable a la que le compramos unas tallas en madera y un muchacho que nos vendió un frasco de fetas de búfalo ahumadas. En este negocio, charlamos con un hombre que entre otras cosas, nos contó que había anulado una reserva que tenía en San Martín de los Andes para pasar las vacaciones con su familia por la misma razón que nosotros: el peligro del hantavirus. En otro comercio que ya conocíamos, compramos algunas chucherías hechas en vidrio y un regalito para Salvador (ya sabrán quién es) a una adolescente que recordábamos de cuando era chiquita, especialmente por su gracia y el color de sus ojos.

Cenamos en un lugar nuevo, llamado "El colibrí", que coherentemente estaba decorado de comederos para colibríes y adornos de muchos colores. ¿Qué comimos? Sandwiches: yo, tostado de jamón y queso; Ricardo, uno de crudo y queso. La moza nos atendió con mucha onda y una sonrisa maravillosa. Y a dormir...



Río Sauce Grande

Dormimos toda la noche con el aire acondicionado y nos levantamos bastante temprano. 

Desayunamos normalmente y salimos a despedirnos de Sierra. ¿Cómo? Compramos algunas cositas que nos habían quedado pendientes, sacamos fotos de casas hermosas, caminamos hasta el río, cargamos gasolina... ¡¡y otra vez, a nuestra amada ruta!!




Para ver más:


28/1/19

Un paseo por el horno

¡¡Y nos tocó Bahía Blanca!! Una ciudad enorme, con gran flujo comercial, pero... llegamos con casi 40 grados de sensación térmica y nos quedamos un sábado y un domingo. Parece una ciudad desierta...




A primera hora de la tarde, nos instalamos en el hotel. Amabilísimos los jóvenes que trabajan en el Argos: nos ayudaron mucho con todos (sí, todos) los bártulos de la camioneta. Tuvimos que sacarle todo porque (he aquí el motivo principal de nuestro paso por Bahía) tenemos que hacerle el "service" obligatorio a la camioneta por alcanzar los 20.000 kilómetros y no perder la garantía de la fábrica. 

Muy cordialmente, un joven con carita adolescente me acompañó hasta la habitación y dejamos las valijas, las mochilas, los bolsos, las reposeras, la mesita, las bolsas, las cajas, etc. etc. para que yo las acomodara en un enorme placard. Por suerte, no fue tan difícil en esos transportes que tienen de cañitos de bronce.

Ricardo se fue a lavar la camioneta (Raúl y Julián tenían razón: ningún lavadero estaba abierto un sábado por la tarde) con el sistema de autolavado y fichas que Magu nos recomendó. Mientras él se dedicaba a estas faenas, yo me recosté a mirar una peli en la habitación. ¡¡Hacía mucho calor!!

Después de descansar un buen rato, nos fuimos a cenar a una cervercería llamada Don Tomás, que queda en la hermosa avenida Alem (recomendación que hemos tomado de Ana María). 


Curiosidades que encontramos en Bahía Blanca

Una curiosidad: una pareja de novios se estaban sacando fotos con el Teatro Municipal de fondo en el comienzo de la avenida. Ella además simulaba para el fotógrafo que estaba tirando el ramo. Me sorprendió y yo le saqué una foto con el celular sin que se dieran cuenta. ¿Querría desparramar su felicidad matrimonial a lo largo de la acera?



Todo el domingo teníamos por delante para descansar, así que salimos del hotel para almorzar y caminar un poco.Elegimos hacerlo en una confitería-restaurant que encontramos en una esquina de la plaza central, llamada "Piazza", muy linda y moderna. Allí nos pasó algo insólito: un señor de raro aspecto se sentó al lado de nosotros y se puso a insultar en inglés, segundos apenas. Eso solo me bastó para pedirle a la moza un cambio de mesa. ¿Soy miedosa? Puede ser que sí, pero me considero más que nada precavida: no quiero pasar malos momentos.



Caminamos un rato por las calles desiertas de Bahía, admirando algunos edificios maravillosos con los que nos cruzamos, pero el calor nos metió "de prepo" nuevamente en el hotel, para estos momentos nada mejor que el fresco aire acondicionado. Por supuesto, cenamos en el restaurante del hotel.


A la mañana siguiente, 8.45 teníamos el turno para entregar la camioneta y nos la devolvieron después de las 11. Ricardo volvió caminando, ubicó el negocio que había sido de Raúl y luego la fue a buscar. Todo ese tiempo estuve en la confitería desayunando y tomando riquísimos cafés con leche.

El ex-negocio de Raúl
Cargamos la camioneta nuevamente y a eso de las dos de la tarde, salimos hacia Sierra de la Ventana.

27/1/19

El regalo del corazón

Antes de abandonar el relato de Monte Hermoso, merece una entrada principal el amor de las personas con las que compartimos esos días.

Especialmente, Raúl (primo de mi suegra) y Ana (su esposa) son dos seres amorosos, nacidos y residentes en Bahía Blanca, que nos han tratado, como siempre, con mucho cariño. Claro que esta vez estuvimos mucho tiempo solos para compartir.

Ellos son un matrimonio de muchos años, con tres hijas mujeres adultas (primas de Ricardo) con el que tenemos una afinidad en común (hoy poco común): nos gusta conversar de todo y escuchar con interés lo que el otro tiene para contar. Es así como nuestros encuentros solo tuvieron fin porque nos echaban de los restaurantes (nos pasó una noche en La Aldea Restó, del Barrio del Este) o porque la conciencia de la hora se impuso. Nos habíamos propuesto jugar a las cartas, pero no hubo tiempo (¡¡créanlo!!) porque ...mate, café o té de por medio, no pudimos dejar de conversar. 

Ana es una persona de gran corazón. Con su gigantesca (si se pudiera medir) empatía, me demostró en cada abrazo y en cada beso, como casi nadie, que comprendía mi ausencia de mamá. Ella trató de todas formas de compensar ese vacío que ni las vacaciones, ni las geniales compañías, pueden suplir. Eso, para mí, tiene un valor incalculable.


Raúl es el "partenaire" ideal: sus conocimientos sobre todo, su interés por aprender y su exquisito humor nos hizo disfrutar cada momento que pasamos juntos. Una curiosidad: no tenemos casi fotografías de esos momentos. Cuando uno está tan bien, tan en coordinación con el alma, no se piensa en otros términos más que del goce propio.


Con el paso de los días, se sumaron más gente de la familia: Mariana, Julián y sus tres hijos varones (Tomy, Nicolás y Matías); Magu, Jorge y sus dos hijas mujeres (Valentina e Isabella). Ahí empezó el ruido que produce la felicidad: todo es abrazos, risas, juegos, corridas, pelotazos, palabras, caricias, besos...

La foto clásica de cada verano en Monte Hermoso


Como el 23 fue el cumple de Mariana, lo festejamos como otros años pero esta vez no se pudo en la playa (por el viento fresco). Sin ningún problema se armó la fiesta, primero en el jardín de entrada; después adentro. ¡Qué lindo es estar así, felices en familia! La homenajeada lo sabe y su cara lo refleja. Por supuesto que Mariana sopló las velitas, le cantamos el "feliz cumple" pero... no se puso la "coronita", creo que a Ana la distrajimos tanto que se olvidó del folklore cumpleañero montehermoseño, uf, qué trabalenguas. Se sumaron también al festejo los papás de Jorge, que además son vecinos.


También con los chicos jugamos un buen rato a "Preguntados" y me sorprende algo que luego se los comento a Ana y a Raúl: la competencia amorosa entre los hermanos. Ninguno trata de ganar sobre el otro; por ejemplo: el que leía la pregunta buscaba la que suponía que su hermano o primo contrincante sabía la respuesta. Es más: nunca importó mucho quién fuera el primero en ganar; lo interesante fue conocer qué sabíamos de distintos temas. Me encantó ese estilo sano de juego... cuánto habla de lo que somos los juegos de mesa. 


Con los adolescentes, quizás por oficio, tenemos más afinidad: con Tomy nos dimos unos abrazos mágicos (no conocía a nadie que le encantara abrazar como a él) y con Valentina (que es más tímida), también. Con las primas pudimos charlar un montón y nos pusimos al día después de tanto tiempo. 



El 24 de enero, nos visitaron Ernesto y Claudia. Almozamos juntos en La Aldea Restó y después, fuimos a compartir la merienda a la casa de los Sánchez. Ese día fue el más caluroso de toda nuestra estadía de Monte Hermoso. Tanto fue así, que los chicos disfrutaron un rato de la playa, pero se volvieron por miedo a las aguasvivas, que nunca aparecieron... ¿realmente se extinguieron o no? Pero cuando se siente el viento cálido del norte, todos las temen aún.



Lo cierto es que amamos encontrarnos con la familia Sánchez cada verano que podemos pisar la tierra que le recuerda su feliz infancia y adolescencia a Ricardo y también a mí, hermosos momentos.


¡¡Los queremos muuuuuuuuucho!!


Para ver más:



26/1/19

Nos regalamos todos los sentidos del mar

Llegamos a Monte Hermoso, ya en la provincia de Buenos Aires.
Como tuvimos que renunciar al sueño de llegar por la ruta 40 hasta la zona de los Siete Lagos, decidimos cumplir otro: vivir frente al mar, al menos los días de vacaciones que nos íbamos a tomar. 

Así lo hicimos. Y nada más ni nada menos que en un sexto piso a estrenar.
El departamento era hermoso y muy cómodo: amplios dormitorios, dos baños... pero lo mejor: el ventanal (toda la pared) con vista al mar de la sala de estar con la cocina integrada. Como el balcón tenía parrilla, un día Ricardo asó una exquisita colita de cuadril y una morcilla, que le salió muy rico. Pero después le llevó mucho tiempo apagar las brasas, limpiar y dejar todo correctamente. 
¡¡La exquisita colita de cuadril hecha en la parrilla del balcón!!
Qué placer levantarse y tomar mate mirando el cielo y el mar, comer a toda hora mirando el cielo y el mar, ¡¡hasta lavar los platos o cocinar mirando el cielo y el mar!!



Durante las pleamares, la sensación de estar sobre un enorme barco se acrecentaban. Muchas veces sentí eso: que estaba navegando, pero con la ventaja de que nada se moviera.

Solo de costado, se podían ver los amaneceres (no tan lindos) y los atardeceres (inolvidables) de Monte, que por supuesto no dejé de fotografiar en cada oportunidad que tenía, estos últimos más de la playa que desde el balcón.


Un amanecer

Un atardecer desde la playa

Ricardo también sacó provecho: todas las noches se sentaba en uno de esos comodísimos sillones, de diseño moderno y cuerina blanca, frente al ventanal y se quedaba hasta muy tarde escuchando música de jazz mientras disfrutaba de la bella vista del cielo estrellado y de la playa.

El 21 de enero hubo un eclipe lunar que pudimos ver desde el departamento. Ricardo, sin trípode y con su propio pulso, fotografió la Luna de una manera increíble.


Como la mayoría de los días fueron bastante frescos y sumamente ventosos, preferimos quedarnos y disfrutar de la playa desde arriba. 

Todos los días fueron soleados, casi sin nubes... pero una de las últimas noches, Monte Hermoso nos despidió con una tremenda tormenta eléctrica. Sacamos fotos y filmamos algo, pero... ¿quién se perdería un espectáculo de este tenor? Nos sentamos en el balcón, emocionados, a ver esos nudos de desordenados rayos sobre el mar y la iluminación parpadeante de cada espacio, a escuchar truenos sorpresivos y violentos que llegaban de diferentes espacios de un cielo oscuro y aterrador... todo un espectáculo natural del que tuvimos el privilegio de estar en la primera fila.

Nunca encendimos el televisor (como siempre hacemos de vacaciones), pero lo usamos para escuchar la música que habíamos seleccionado para este viaje en un pendrive. Cuando lo apagábamos, el disfrute venía del lado de la naturaleza: el sonido a veces aterrador del viento y otras, el tranquilizador de la marea.

Aproveché este tiempo de quietud también para leer: terminé la novela Una suerte pequeña de Claudia Piñeiro y casi completa (me quedaron pendientes los últimos capítulos) de Las hijas del capitán de María Dueñas. Verán que estoy en una época de fervor feminista: adoro la narrativa de las grandes escritoras de este momento y su sensibilidad extrema.


Un día nos visitó una golondrina que se quedó un buen rato en un rincón del techo del balcón comiendo bichitos... pero lo más sorprendente es que después llegó un pichoncito de golondrina y se quedó más de media hora. Piaba con fuerza (supusimos que llamando a su mamá) hasta que pudo volar. Me permitió su poca edad fotografiarlo sin que se asustara.


En fin, disfrutamos plenamente este bonito espacio como algo parecido a un regalo sorpresa.

Para ver más:

17/1/19

Como en casa...

Llegar a Puerto Madryn casi es como llegar a casa.

Es domingo y hace calor. Mucha gente paseando por la Costanera y en la playa.

A las 12 del mediodía, nos encontramos frente a los departamentos de Romina.Con esa amabilidad que la caracteriza, nos recibe con los brazos abiertos y con el regalo de un descuento considerable en el alquiler de estos dos días que nos vamos a quedar. 
El departamento, como siempre, es una belleza y lo percibimos como un hogar: simpleza, buen gusto y perfección hasta el más mínimo detalle, como nos gusta tanto. Desarmar las valijas, lavar ropa... un placer.


Ricardo consigue unas exquisitas empanadas de varios sabores (muzzarela con jamón, con ananá, con nueces) y fueron nuestro almuerzo. Como aún nos pesa el cansancio, hace calor y nos encanta, nos dormimos una reparadora siesta.

Pasamos un rato por la playa y a eso de las nueve, recibimos a Romina en el departamento. Cerveza y empanadas mediante, nos pusimos a charlar de tantas cosas... hasta las dos de la mañana. 


PANCHO
Una linda sorpresa fue conocer a Pancho, el perrito de Romi, y su historia de rescate: estaba prácticamente abandonado en un refugio; desnutrido y solito, ella se lo llevó y lo salvó. Hoy son compañeros inseparables. 

Es un peluche tan bonito. 

Los que me conocen pueden pensar que me dormí... pero no, fue una conversación tan variada, profunda, tan en concordancia estamos los tres... que no sentí ni por un momento el paso de las horas.







Al día siguiente, como es lunes aprovechamos para ir a los bancos (aquí sí están los nuestros) y caminar un poquito por el centro. Compramos algunos regalitos para llevar a Buenos Aires y otros gustitos para nosotros.

Hoy es un día muy ventoso, demasiado para mí. Entonces aprovecho para hacer "casa". Necesito sentirme en modo "hogar" y eso hago. Mientras tanto, Ricardo también cumple su deseo de lavar la camioneta. Hasta este momento, solo se llenó de polvo de los más variados caminos (tantos kilómetros de ripio dejan todo blanquito) y con la buena onda de un vecino, con baldes (está restringido en determinado horario el uso de agua) pudo dejarla como le gusta a él. Una pinturita.

Compramos helado en la Heladería Del Viento (calidad nivel Dios) y compartimos una cena exquisita preparada por Romina, en su bellísimo departamento. El buen gusto y su profesión prima por sobre cada detalle: ingenio y hermosura. 



Lo mismo sucede con la comida: se ha tomado el trabajo de elegir cada elemento de la comida con la intención de que volvamos a sentir que estamos en nuestro hogar: arroz, palta, langostinos, ensaladas, cerveza... ¡¡es cierto la vida es bella!! A esta receta de "momento especial", hay que ponerle el mejor de los ingredientes: una conversación que va desde el alma, con mil gramos de sentimientos, emociones y pensamientos positivos. 

¿De qué hablamos tanto? Viajes, dolores, alegrías, duelos, creencias, elecciones, luchas, emprendimientos, complejidades, salud, valores, maravillas de la vida... de todo. Después del postre (helado de exquisitos sabores), tuvimos que poner punto final a la noche: mañana es lunes, Romina trabaja y nosotros emprendemos el regreso a la ruta.
¡Qué sentido especial le da a todo cuando uno se encuentra con seres que combinan tan bien con nuestra alma!

Nos despide con mucho cariño y la promesa de un asado, la mamá de Romina que es tan cordial como ella. Nos encantaría volver... Un enorme agradecimiento para toda esta linda familia.

Mañana: a Monte Hermoso... nos esperan más de 700 kilómetros de emociones.

16/1/19

Unos días de descanso no vienen nada mal...

Dos días nos quedamos en Trelew. 
Elegimos un hermoso hotel: el Libertador. Una habitación muy espaciosa y de buen gusto nos dan el marco para un descanso, no solo del cuerpo; también necesitamos no tener que cerrar, revolver y cargar valijas, bolsos y mochilas cada noche.


El día que llegamos (21 hs) solo queríamos comer algo que no fuera pura harina y dormir. Así lo hicimos: ensalada, cerveza y estirarnos en una enorme cama de dos plazas dentro de blancas y suaves sábanas fue como el paraíso.

El desayuno del día siguiente (sábado) fue asombrosamente rico y variado. Trato de optar por algo sano e incorporo por primera vez una ensalada de frutas. Me siento mucho mejor.
Como tenemos que resolver el tema de la revisión de la camioneta (estamos a punto de llegar a los 20.000 kilómetros y no queremos perder la garantía de fábrica), visitamos una concesionaria Ford: nos atienden muy bien (tres empleados: dos de ellos varones sacados de una agencia de modelos) y nos explican algunos datos que no conocíamos. Lo importante: los turnos son de una semana a otra. Ahora sabemos que tenemos que armar una estrategia porque hay, sí o sí, que hacerlo antes de llegar a Buenos Aires.

Al mediodía caminamos por las avenidas del centro, pasamos por el Museo Paleontológico que ya conocemos, por la peatonal y almorzamos una ensalada exquisita en un restaurante muy hermoso ("Raíces"), puesto en una vieja casona. Lo que nos molestó muchísimo es que en la mesa de nuestro lado, había tres personas: una extranjera (mexicana, parece) y dos compatriotas que hablaban en voz muy alta, de política especialmente y la verdad: nos distrajeron y no nos permitieron conversar con tranquilidad. Menos mal que la comida sí valía nuestra presencia allí. 

Al salir de allí, nos comimos dos helados exquisitos de Freddo. Nos compensamos: lo dulce es imprescindible.



Esa tarde, en la habitación, con un wifi de primer nivel, después de una regia siesta de dos horas, resolvimos varias situaciones: nuestra amiga Romina nos ofreció pasar las siguientes dos noches en Puerto Madryn en un departamento de su complejo, reservamos una semana en Monte Hermoso y de allí, podríamos hacer la revisión de la camioneta en Bahía Blanca. Parece que no, pero logramos definir estos días que nos quedan antes de volver al infierno de Buenos Aires.

Felices, salimos a disfrutar un poco la noche de sábado de Trelew. Pasamos un rato para conocer el Casino (está a poquitas cuadras del hotel). Me voy contentísima: jugamos apenas $100 cada uno; yo le gané $25 en una de las máquinas tragamonedas; Ricardo apenas pierde $50 y lo bueno es que nos entretuvimos un rato. 
El empleado del Casino que nos dio el dinero nos bromeó, nos dijo que estaba preocupado por nosotros, de que nos convirtiéramos en adictos al juego... Nos reímos un rato haciendo chistes al respecto. ¡¡Gran pérdida para la institución!!

De allí, fuimos a comer unas ricas empanadas de jamón y queso al mismo lugar en el que, durante nuestro viaje con José y Yanina, habíamos almorzado en ese momento: tartines. La onda de las camareras y del lugar, excelente.

Al día siguiente, desayuno mediante, guardamos nuestros "petates" y salimos rumbo a Puerto Madryn. Antes de esto, recorrimos la plaza central de la ciudad y pasamos por una farmacia a comprar algunas cositas que nos faltaban.

Al pasar por el frente del Diario El Chubut, nos encontramos con estas figuras y nos sacamos fotos. Son las mascotas del diario: su suplemento infantil, Club Chubutín, tiene como representante a Chubutín y su mascota, el pingüino.

La Plaza Independencia (hace poco remodelada) es hermosísima: llena de árboles, todo limpito, prolijito, ordenado. En el centro, tienen una glorieta, llamada Kiosko del Centenario, que no puede ser más bella. Le sacamos muchas fotos porque debe ser el orgullo de la ciudad. Alrededor de la plaza, hay viejas casas de madera de una construcción muy original, pero no están tan bien cuidadas. 

Algo que nos llamó mucho la atención fue el espacio dedicado a los artesanos: puestos de metal y madera, con electricidad, fijos, bien armados. Nos alienta a creer que allí se valora el trabajo artístico de la gente.

Hay también una placa, digamos "curiosa", en la que se lee que homenajean a un intendente (no recuerdo el nombre) que fue reelegido tres veces y que ha hecho mucho por la ciudad en los últimos años. Insólito tratándose de un político.

La impresión general de Trelew es que, como el resto del país, no está pasando por su mejor momento. Leemos por todos lados reclamos: de justicia, contra el machismo, de pérdida del empleo, de pedidos por que no se cierren escuelas rurales, entre otros. Da la apariencia de una población combativa. Pero, como siempre aclaro en este blog: son impresiones, nada más que eso.

14/1/19

Sorpresa: El Valle de Los Altares

Llegó el día de mayor esfuerzo (y locura): hicimos en un día 743 kilómetros, en 9 horas de viaje por las rutas 40 (hasta Tecka) y por la ruta 25 hasta Trelew.

Salimos de Río Mayo a las 10.30, con los termos llenos y el desayuno (dos facturas) en un paquetito. La Ruta 40 es hermosa por dónde se la mire... paramos algunas veces a sacar fotos y a estirar las piernas. Como todo este tramo (no es el tradicional) está asfaltado, podemos disfrutar mirando las maravillas del paisaje. 



Pasamos algunas estancias o parajes perdidos en la nada y pasamos por Gobernador Costa. En cada YPF que nos cruzamos, cargamos combustible; a pesar de que no falta, es un buen consejo que seguimos a rajatabla.

Llegamos a Tecka y, con mucha desilusión, dejamos atrás la ruta 40. Tenemos la certeza de que volveremos a pisarla y conoceremos en otro momento la zona de Esquel hacia el norte. No ahora.
Tomamos la ruta 25, que cruza desde la cordillera hasta la costa (ciudades de Trelew y Rawson) de la provincia de Chubut. Consideraciones generales: buena parte de esta carretera está en malas condiciones. Cada tanto aparecen carteles que advierten acerca de la existencia de baches y deformaciones. Nos preguntamos qué tan difícil es arreglarla de una vez y no ocuparse de poner tantos carteles. En fin, hay cosas que pasan en nuestro país que es una constante: somos políticamente desastrosos.

Lo que nos sorprendió es que al llegar casi en la mitad del camino a Trelew, nos encontramos con el Valle de Los Altares. Son algo así como 280 kilómetros que la ruta bordea y se mete dentro de estos bloques de piedras enormes y coloradas, con formas maravillosas. 




Son farrallones naturales, de colores cobrizos, formadas por piedras de diferentes formas y tamaños (algunas asustan por cómo están colgadas) que rodean el río Chubut con su color turquesa.



Por momentos, nos hace recordar otra ruta que nos encanta y que tuvimos la suerte de conocer hace unos años atrás, la Quebrada de las Conchas en Salta (camino a Cafayate). Emociona ver esa magia que la naturaleza nos regala para nuestros ojos...

Paramos un montón de veces, bajamos de la camioneta y sacamos muchas fotos. 
Pasamos por el Dique Ameghino, Dovalon y Gaiman, hermosísimos parajes que ya habíamos visitado el año pasado.

Cerca de las nueve de la noche, llegamos a Trelew y nos hospedamos en el Hotel Libertador, una belleza. Comimos algo y, agotadísimos, nos tiramos en la cama... ¡¡necesitamos descansar después de tanto viaje!!

Para ver más: