Un poquito más de dos horas después, llegamos a Villa Ventana, un paraíso que hace muchos años conocemos. Yo, gracias a mis queridos suegros, allá por la década del 80, cuando todavía éramos novios.
Bajamos de la camioneta, agobiados por el calor, y entramos a un restaurant nuevo, al menos que nosotros no conocíamos, llamado Mr. Rico. Nos atendieron muy bien, comimos unas ricas milanesas y tuvimos una linda charla con uno de los mozos que nos atendieron.
La impresión general es que está hermosa la Villa, más verde, con algunos negocios nuevos y unas galerías hechas de madera que le da un toque de magia a la comarca.
Dentro de la camioneta (con aire acondicionado a full), recorrimos varias calles de la villa, recordando lindos momentos de otras vacaciones.
Sacamos fotos de los límites de la villa, allí donde las sierras muestran claramente su esplendor, también del balneario y de la calle principal. Allí nos bajamos a ver por qué Dandeleon, una casa de té que adoramos, estaba cerrada (este año abren solo después de las 17 horas) y pasamos por el frente del complejo de cabañas en donde (allá por el 2006) pasamos unos hermosos días: las Cabañas de la Reina.
Como el calor era cada vez más intenso, decidimos sí o sí conseguir un buen hotel para descansar y refrescarnos un poco. Fuimos entonces a Sierra de la Ventana.
Hay mucha oferta para alojarnos, pero pensamos que un hotel era lo mejor y se nos ocurrió que hacerlo en un hotel histórico de Sierra, que vimos aquel año recuperar, podría ser muy interesante.
Lo cierto es que sí había lugar y allí nos quedamos, en el Grand Hotel Sierra de la Ventana, construido por el mismísimo fundador de la ciudad, Don Dietrich Meyer, hace más de 100 años, a unos metros de la estación del ferrocarril.
Después de un lindo descanso, salimos a caminar (muy a pesar del sofocante calor) a mirar lo que con acierto bien recordáramos: muy buenos comercios de comidas regionales y de artesanías de gran nivel. Eso hicimos: conversamos muy animadamente con dos comerciantes, una señora muy amigable a la que le compramos unas tallas en madera y un muchacho que nos vendió un frasco de fetas de búfalo ahumadas. En este negocio, charlamos con un hombre que entre otras cosas, nos contó que había anulado una reserva que tenía en San Martín de los Andes para pasar las vacaciones con su familia por la misma razón que nosotros: el peligro del hantavirus. En otro comercio que ya conocíamos, compramos algunas chucherías hechas en vidrio y un regalito para Salvador (ya sabrán quién es) a una adolescente que recordábamos de cuando era chiquita, especialmente por su gracia y el color de sus ojos.
Cenamos en un lugar nuevo, llamado "El colibrí", que coherentemente estaba decorado de comederos para colibríes y adornos de muchos colores. ¿Qué comimos? Sandwiches: yo, tostado de jamón y queso; Ricardo, uno de crudo y queso. La moza nos atendió con mucha onda y una sonrisa maravillosa. Y a dormir...
![]() |
| Río Sauce Grande |
Dormimos toda la noche con el aire acondicionado y nos levantamos bastante temprano.
Desayunamos normalmente y salimos a despedirnos de Sierra. ¿Cómo? Compramos algunas cositas que nos habían quedado pendientes, sacamos fotos de casas hermosas, caminamos hasta el río, cargamos gasolina... ¡¡y otra vez, a nuestra amada ruta!!
Para ver más:





