2/2/19

Otro encuentro con el amor

Salimos de Sierra de la Ventana antes del mediodía y, luego de 344 kilómetros, llegamos a la ciudad de Tandil. Sin dar más vueltas, buscamos alojarnos en el mismo lugar de la última vez de nuestra visita a esta bellísima ciudad: el Apart Hotel Curahue. Por suerte había disponibilidad para las siguientes dos noches y nos instalamos en una de las lindas cabañas que tienen. Estábamos tan acalorados que, a los pocos minutos, ya estábamos aprovechando la pileta.



En esta ciudad tan hermosa, nos esperan también amores: nuestras sobrinas, Chechu y Agustina, sus parejas y nuestro bonito sobrino nieto: Salvador. 
Como son días de trabajo, les mandamos un mensajito y dejamos que ellas nos digan cómo y cuándo encontrarnos. En seguida, Agus nos invita a tomar mate y, más tarde, a comer unas riquísimas pizzas hechas por ella misma. Un rato más tarde, llegó Chechu. Por suerte, Matías, su pareja, la reemplazó en su negocio para que ella pueda venir a cenar con nosotros. Lucas, el papá de Salva, llegó tan cansado que se quedó dormido junto a su hijito. Sumemos a todo un calor agobiante que no es nada común por estos lares.
Aprovechamos para ponernos al día con un montón de temas y, por supuesto, para contarles algo de este hermoso viaje que es la concreción de un viejo sueño nuestro.
Al día siguiente, fue la cena de despedida. Esta vez se sumaron a la cena Salva y Lucas, más descansados, y comimos unas exquisitas empanadas que llevamos nosotros, de un lugar que nos recomendó Chechu, La Fattoria.



El jueves 30, después de un exquisito desayuno, aprovechamos para pasear un rato: nos fuimos al Cerro Centinela. El calor es tan agobiante que cuesta muchísimo subir (más con mi problema del pie), pero aún así llegamos hasta la piedra. Lo típico pasó: no solo nos sacamos las típicas fotos que verán a continuación, sino que les sacamos a muchas personas fotografías de recuerdo. ¡Cómo nos gusta esto!


En el camino, nos metimos en una pulpería de excelente ambientación. Estuvimos un largo rato conversando con una mujer joven, dueña del lugar. Nos contó cosas muy interesantes, como se las arreglan con el agua y con la energía. Lo gratificante: cuando nos despedimos, nos comentó qué hermosa conversación habíamos tenido. Eso me hace muy feliz.



La hora del almuerzo nos encuentra en este lugar, pero sin hambre. Ricardo se come un rico sandwich de jamón crudo y compartimos una masa dulce con muchas frutas secas. Tengo más sed que cualquier otra cosa en este mundo: qué calorete.
A la tarde, nos quedamos en el apart. Dormimos (disfrutando del indispensable aire acondicionado) una siestita y luego... ¡¡a la pile!! Hasta nos dimos el gusto de tomar la merienda en la cómoda terracita que tiene la cabaña.

Los empleados del apart son muy amables; la gente que está como nosotros alojadas acá, muy simpáticas. Es más: nos hicimos de una amiguita, de nombre Catalina, que le encantaba la pileta y jugó mucho con nosotros y los flotadores. Tenía una facilidad muy grande para conversar... 

Lo único negativo fue encontrar a la mañana un choquecito (bastante profundo, justo sobre el vinilo de la guarda pampa) en la parte lateral de la camioneta en el estacionamiento del hotel. No estuvo bueno.

A la mañana siguiente (viernes 31), después del desayuno, nos fuimos a la casa de quesos que nos recomendó Agustina (es su cliente), pero como no estaba abierto aún, dimos una vuelta y luego, le compramos varios pedazos de quesos (¡¡nos encantan!!) para llevarnos a casa.

Dimos vuelta por el centro (saqué fotos en la bellísima plaza del Centro), subimos hasta el hermosísimo Castillo Morisco (casi nos quedamos a almorzar ahí, pero no tenían productos necesarios para las ensaladas que ofrecían) y subimos hasta donde está el fundador de Tandil, Gral. Rodriguez.

Antes de irnos, hicimos algo que siempre nos quedaba sin hacer cada vez que visitábamos Tandil: fuimos a comer a Época de quesos, un lugar turístico y muy particular. Se trata de un rancho, edificado en 1860 y hoy es Monumento histórico, la única esquina sin ochava de la ciudad.

Dentro funciona un almacén de quesos y fiambres muy especiales, y en los distintos cuartos internos y patio, un restaurant. La decoración es abrumadora, llena de objetos antiguos y coloridos. En el fondo del patio, hasta tienen un gallinero bien al estilo de principio de siglo XX. Es como viajar hacia el pasado.

Comimos dos sándwiches, que no pudimos terminar, grandes y riquísimos... y nos quedó esa sensación de aquí se terminó todo...



Cargamos gasolina y nos lanzamos a la ruta con un raro sentimiento de "Qué bueno estuvo todo lo que vivimos" con "Ufa, tener que volver...".

Pero así es: como decía Vox Dei..."todo concluye al fin, todo termina..."

30/1/19

Entre la Villa y la Sierra...

El lunes 28 salimos de Bahía Blanca al mediodía. Hacía un calor de aquellos que no se olvidan jamás: abrumador, húmedo, digamos con un poco de exageración: cruel.
Un poquito más de dos horas después, llegamos a Villa Ventana, un paraíso que hace muchos años conocemos. Yo, gracias a mis queridos suegros, allá por la década del 80, cuando todavía éramos novios.



Bajamos de la camioneta, agobiados por el calor, y entramos a un restaurant nuevo, al menos que nosotros no conocíamos, llamado Mr. Rico. Nos atendieron muy bien, comimos unas ricas milanesas y tuvimos una linda charla con uno de los mozos que nos atendieron.
La impresión general es que está hermosa la Villa, más verde, con algunos negocios nuevos y unas galerías hechas de madera que le da un toque de magia a la comarca.
Dentro de la camioneta (con aire acondicionado a full), recorrimos varias calles de la villa, recordando lindos momentos de otras vacaciones. 



Sacamos fotos de los límites de la villa, allí donde las sierras muestran claramente su esplendor, también del balneario y de la calle principal. Allí nos bajamos a ver por qué Dandeleon, una casa de té que adoramos, estaba cerrada (este año abren solo después de las 17 horas) y pasamos por el frente del complejo de cabañas en donde (allá por el 2006) pasamos unos hermosos días: las Cabañas de la Reina.



Como el calor era cada vez más intenso, decidimos sí o sí conseguir un buen hotel para descansar y refrescarnos un poco. Fuimos entonces a Sierra de la Ventana.
Hay mucha oferta para alojarnos, pero pensamos que un hotel era lo mejor y se nos ocurrió que hacerlo en un hotel histórico de Sierra, que vimos aquel año recuperar, podría ser muy interesante.

Lo cierto es que sí había lugar y allí nos quedamos, en el Grand Hotel Sierra de la Ventana, construido por el mismísimo fundador de la ciudad, Don Dietrich Meyer, hace más de 100 años, a unos metros de la estación del ferrocarril.



 La habitación es muy linda, está ubicada sobre la avenida principal (¿adivinen cómo se llama? Sí, San Martín, como casi todas) y tiene una pintoresca ventana de estilo bow window. Nos atienden una mujer y un hombre muy atentos. Tiene un amplio garaje, una hermosa pileta cubierta y... ¡¡un imprescindible y glorioso aire acondicionado!!

Después de un lindo descanso, salimos a caminar (muy a pesar del sofocante calor) a mirar lo que con acierto bien recordáramos: muy buenos comercios de comidas regionales y de artesanías de gran nivel. Eso hicimos: conversamos muy animadamente con dos comerciantes, una señora muy amigable a la que le compramos unas tallas en madera y un muchacho que nos vendió un frasco de fetas de búfalo ahumadas. En este negocio, charlamos con un hombre que entre otras cosas, nos contó que había anulado una reserva que tenía en San Martín de los Andes para pasar las vacaciones con su familia por la misma razón que nosotros: el peligro del hantavirus. En otro comercio que ya conocíamos, compramos algunas chucherías hechas en vidrio y un regalito para Salvador (ya sabrán quién es) a una adolescente que recordábamos de cuando era chiquita, especialmente por su gracia y el color de sus ojos.

Cenamos en un lugar nuevo, llamado "El colibrí", que coherentemente estaba decorado de comederos para colibríes y adornos de muchos colores. ¿Qué comimos? Sandwiches: yo, tostado de jamón y queso; Ricardo, uno de crudo y queso. La moza nos atendió con mucha onda y una sonrisa maravillosa. Y a dormir...



Río Sauce Grande

Dormimos toda la noche con el aire acondicionado y nos levantamos bastante temprano. 

Desayunamos normalmente y salimos a despedirnos de Sierra. ¿Cómo? Compramos algunas cositas que nos habían quedado pendientes, sacamos fotos de casas hermosas, caminamos hasta el río, cargamos gasolina... ¡¡y otra vez, a nuestra amada ruta!!




Para ver más:


28/1/19

Un paseo por el horno

¡¡Y nos tocó Bahía Blanca!! Una ciudad enorme, con gran flujo comercial, pero... llegamos con casi 40 grados de sensación térmica y nos quedamos un sábado y un domingo. Parece una ciudad desierta...




A primera hora de la tarde, nos instalamos en el hotel. Amabilísimos los jóvenes que trabajan en el Argos: nos ayudaron mucho con todos (sí, todos) los bártulos de la camioneta. Tuvimos que sacarle todo porque (he aquí el motivo principal de nuestro paso por Bahía) tenemos que hacerle el "service" obligatorio a la camioneta por alcanzar los 20.000 kilómetros y no perder la garantía de la fábrica. 

Muy cordialmente, un joven con carita adolescente me acompañó hasta la habitación y dejamos las valijas, las mochilas, los bolsos, las reposeras, la mesita, las bolsas, las cajas, etc. etc. para que yo las acomodara en un enorme placard. Por suerte, no fue tan difícil en esos transportes que tienen de cañitos de bronce.

Ricardo se fue a lavar la camioneta (Raúl y Julián tenían razón: ningún lavadero estaba abierto un sábado por la tarde) con el sistema de autolavado y fichas que Magu nos recomendó. Mientras él se dedicaba a estas faenas, yo me recosté a mirar una peli en la habitación. ¡¡Hacía mucho calor!!

Después de descansar un buen rato, nos fuimos a cenar a una cervercería llamada Don Tomás, que queda en la hermosa avenida Alem (recomendación que hemos tomado de Ana María). 


Curiosidades que encontramos en Bahía Blanca

Una curiosidad: una pareja de novios se estaban sacando fotos con el Teatro Municipal de fondo en el comienzo de la avenida. Ella además simulaba para el fotógrafo que estaba tirando el ramo. Me sorprendió y yo le saqué una foto con el celular sin que se dieran cuenta. ¿Querría desparramar su felicidad matrimonial a lo largo de la acera?



Todo el domingo teníamos por delante para descansar, así que salimos del hotel para almorzar y caminar un poco.Elegimos hacerlo en una confitería-restaurant que encontramos en una esquina de la plaza central, llamada "Piazza", muy linda y moderna. Allí nos pasó algo insólito: un señor de raro aspecto se sentó al lado de nosotros y se puso a insultar en inglés, segundos apenas. Eso solo me bastó para pedirle a la moza un cambio de mesa. ¿Soy miedosa? Puede ser que sí, pero me considero más que nada precavida: no quiero pasar malos momentos.



Caminamos un rato por las calles desiertas de Bahía, admirando algunos edificios maravillosos con los que nos cruzamos, pero el calor nos metió "de prepo" nuevamente en el hotel, para estos momentos nada mejor que el fresco aire acondicionado. Por supuesto, cenamos en el restaurante del hotel.


A la mañana siguiente, 8.45 teníamos el turno para entregar la camioneta y nos la devolvieron después de las 11. Ricardo volvió caminando, ubicó el negocio que había sido de Raúl y luego la fue a buscar. Todo ese tiempo estuve en la confitería desayunando y tomando riquísimos cafés con leche.

El ex-negocio de Raúl
Cargamos la camioneta nuevamente y a eso de las dos de la tarde, salimos hacia Sierra de la Ventana.