Como tuvimos que renunciar al sueño de llegar por la ruta 40 hasta la zona de los Siete Lagos, decidimos cumplir otro: vivir frente al mar, al menos los días de vacaciones que nos íbamos a tomar.
Así lo hicimos. Y nada más ni nada menos que en un sexto piso a estrenar.
El departamento era hermoso y muy cómodo: amplios dormitorios, dos baños... pero lo mejor: el ventanal (toda la pared) con vista al mar de la sala de estar con la cocina integrada. Como el balcón tenía parrilla, un día Ricardo asó una exquisita colita de cuadril y una morcilla, que le salió muy rico. Pero después le llevó mucho tiempo apagar las brasas, limpiar y dejar todo correctamente.
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| ¡¡La exquisita colita de cuadril hecha en la parrilla del balcón!! |
Durante las pleamares, la sensación de estar sobre un enorme barco se acrecentaban. Muchas veces sentí eso: que estaba navegando, pero con la ventaja de que nada se moviera.
Solo de costado, se podían ver los amaneceres (no tan lindos) y los atardeceres (inolvidables) de Monte, que por supuesto no dejé de fotografiar en cada oportunidad que tenía, estos últimos más de la playa que desde el balcón.
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| Un amanecer |
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| Un atardecer desde la playa |
Ricardo también sacó provecho: todas las noches se sentaba en uno de esos comodísimos sillones, de diseño moderno y cuerina blanca, frente al ventanal y se quedaba hasta muy tarde escuchando música de jazz mientras disfrutaba de la bella vista del cielo estrellado y de la playa.
El 21 de enero hubo un eclipe lunar que pudimos ver desde el departamento. Ricardo, sin trípode y con su propio pulso, fotografió la Luna de una manera increíble.
Como la mayoría de los días fueron bastante frescos y sumamente ventosos, preferimos quedarnos y disfrutar de la playa desde arriba.
Todos los días fueron soleados, casi sin nubes... pero una de las últimas noches, Monte Hermoso nos despidió con una tremenda tormenta eléctrica. Sacamos fotos y filmamos algo, pero... ¿quién se perdería un espectáculo de este tenor? Nos sentamos en el balcón, emocionados, a ver esos nudos de desordenados rayos sobre el mar y la iluminación parpadeante de cada espacio, a escuchar truenos sorpresivos y violentos que llegaban de diferentes espacios de un cielo oscuro y aterrador... todo un espectáculo natural del que tuvimos el privilegio de estar en la primera fila.
Nunca encendimos el televisor (como siempre hacemos de vacaciones), pero lo usamos para escuchar la música que habíamos seleccionado para este viaje en un pendrive. Cuando lo apagábamos, el disfrute venía del lado de la naturaleza: el sonido a veces aterrador del viento y otras, el tranquilizador de la marea.Aproveché este tiempo de quietud también para leer: terminé la novela Una suerte pequeña de Claudia Piñeiro y casi completa (me quedaron pendientes los últimos capítulos) de Las hijas del capitán de María Dueñas. Verán que estoy en una época de fervor feminista: adoro la narrativa de las grandes escritoras de este momento y su sensibilidad extrema.
Un día nos visitó una golondrina que se quedó un buen rato en un rincón del techo del balcón comiendo bichitos... pero lo más sorprendente es que después llegó un pichoncito de golondrina y se quedó más de media hora. Piaba con fuerza (supusimos que llamando a su mamá) hasta que pudo volar. Me permitió su poca edad fotografiarlo sin que se asustara.
En fin, disfrutamos plenamente este bonito espacio como algo parecido a un regalo sorpresa.
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