30/1/19

Entre la Villa y la Sierra...

El lunes 28 salimos de Bahía Blanca al mediodía. Hacía un calor de aquellos que no se olvidan jamás: abrumador, húmedo, digamos con un poco de exageración: cruel.
Un poquito más de dos horas después, llegamos a Villa Ventana, un paraíso que hace muchos años conocemos. Yo, gracias a mis queridos suegros, allá por la década del 80, cuando todavía éramos novios.



Bajamos de la camioneta, agobiados por el calor, y entramos a un restaurant nuevo, al menos que nosotros no conocíamos, llamado Mr. Rico. Nos atendieron muy bien, comimos unas ricas milanesas y tuvimos una linda charla con uno de los mozos que nos atendieron.
La impresión general es que está hermosa la Villa, más verde, con algunos negocios nuevos y unas galerías hechas de madera que le da un toque de magia a la comarca.
Dentro de la camioneta (con aire acondicionado a full), recorrimos varias calles de la villa, recordando lindos momentos de otras vacaciones. 



Sacamos fotos de los límites de la villa, allí donde las sierras muestran claramente su esplendor, también del balneario y de la calle principal. Allí nos bajamos a ver por qué Dandeleon, una casa de té que adoramos, estaba cerrada (este año abren solo después de las 17 horas) y pasamos por el frente del complejo de cabañas en donde (allá por el 2006) pasamos unos hermosos días: las Cabañas de la Reina.



Como el calor era cada vez más intenso, decidimos sí o sí conseguir un buen hotel para descansar y refrescarnos un poco. Fuimos entonces a Sierra de la Ventana.
Hay mucha oferta para alojarnos, pero pensamos que un hotel era lo mejor y se nos ocurrió que hacerlo en un hotel histórico de Sierra, que vimos aquel año recuperar, podría ser muy interesante.

Lo cierto es que sí había lugar y allí nos quedamos, en el Grand Hotel Sierra de la Ventana, construido por el mismísimo fundador de la ciudad, Don Dietrich Meyer, hace más de 100 años, a unos metros de la estación del ferrocarril.



 La habitación es muy linda, está ubicada sobre la avenida principal (¿adivinen cómo se llama? Sí, San Martín, como casi todas) y tiene una pintoresca ventana de estilo bow window. Nos atienden una mujer y un hombre muy atentos. Tiene un amplio garaje, una hermosa pileta cubierta y... ¡¡un imprescindible y glorioso aire acondicionado!!

Después de un lindo descanso, salimos a caminar (muy a pesar del sofocante calor) a mirar lo que con acierto bien recordáramos: muy buenos comercios de comidas regionales y de artesanías de gran nivel. Eso hicimos: conversamos muy animadamente con dos comerciantes, una señora muy amigable a la que le compramos unas tallas en madera y un muchacho que nos vendió un frasco de fetas de búfalo ahumadas. En este negocio, charlamos con un hombre que entre otras cosas, nos contó que había anulado una reserva que tenía en San Martín de los Andes para pasar las vacaciones con su familia por la misma razón que nosotros: el peligro del hantavirus. En otro comercio que ya conocíamos, compramos algunas chucherías hechas en vidrio y un regalito para Salvador (ya sabrán quién es) a una adolescente que recordábamos de cuando era chiquita, especialmente por su gracia y el color de sus ojos.

Cenamos en un lugar nuevo, llamado "El colibrí", que coherentemente estaba decorado de comederos para colibríes y adornos de muchos colores. ¿Qué comimos? Sandwiches: yo, tostado de jamón y queso; Ricardo, uno de crudo y queso. La moza nos atendió con mucha onda y una sonrisa maravillosa. Y a dormir...



Río Sauce Grande

Dormimos toda la noche con el aire acondicionado y nos levantamos bastante temprano. 

Desayunamos normalmente y salimos a despedirnos de Sierra. ¿Cómo? Compramos algunas cositas que nos habían quedado pendientes, sacamos fotos de casas hermosas, caminamos hasta el río, cargamos gasolina... ¡¡y otra vez, a nuestra amada ruta!!




Para ver más:


28/1/19

Un paseo por el horno

¡¡Y nos tocó Bahía Blanca!! Una ciudad enorme, con gran flujo comercial, pero... llegamos con casi 40 grados de sensación térmica y nos quedamos un sábado y un domingo. Parece una ciudad desierta...




A primera hora de la tarde, nos instalamos en el hotel. Amabilísimos los jóvenes que trabajan en el Argos: nos ayudaron mucho con todos (sí, todos) los bártulos de la camioneta. Tuvimos que sacarle todo porque (he aquí el motivo principal de nuestro paso por Bahía) tenemos que hacerle el "service" obligatorio a la camioneta por alcanzar los 20.000 kilómetros y no perder la garantía de la fábrica. 

Muy cordialmente, un joven con carita adolescente me acompañó hasta la habitación y dejamos las valijas, las mochilas, los bolsos, las reposeras, la mesita, las bolsas, las cajas, etc. etc. para que yo las acomodara en un enorme placard. Por suerte, no fue tan difícil en esos transportes que tienen de cañitos de bronce.

Ricardo se fue a lavar la camioneta (Raúl y Julián tenían razón: ningún lavadero estaba abierto un sábado por la tarde) con el sistema de autolavado y fichas que Magu nos recomendó. Mientras él se dedicaba a estas faenas, yo me recosté a mirar una peli en la habitación. ¡¡Hacía mucho calor!!

Después de descansar un buen rato, nos fuimos a cenar a una cervercería llamada Don Tomás, que queda en la hermosa avenida Alem (recomendación que hemos tomado de Ana María). 


Curiosidades que encontramos en Bahía Blanca

Una curiosidad: una pareja de novios se estaban sacando fotos con el Teatro Municipal de fondo en el comienzo de la avenida. Ella además simulaba para el fotógrafo que estaba tirando el ramo. Me sorprendió y yo le saqué una foto con el celular sin que se dieran cuenta. ¿Querría desparramar su felicidad matrimonial a lo largo de la acera?



Todo el domingo teníamos por delante para descansar, así que salimos del hotel para almorzar y caminar un poco.Elegimos hacerlo en una confitería-restaurant que encontramos en una esquina de la plaza central, llamada "Piazza", muy linda y moderna. Allí nos pasó algo insólito: un señor de raro aspecto se sentó al lado de nosotros y se puso a insultar en inglés, segundos apenas. Eso solo me bastó para pedirle a la moza un cambio de mesa. ¿Soy miedosa? Puede ser que sí, pero me considero más que nada precavida: no quiero pasar malos momentos.



Caminamos un rato por las calles desiertas de Bahía, admirando algunos edificios maravillosos con los que nos cruzamos, pero el calor nos metió "de prepo" nuevamente en el hotel, para estos momentos nada mejor que el fresco aire acondicionado. Por supuesto, cenamos en el restaurante del hotel.


A la mañana siguiente, 8.45 teníamos el turno para entregar la camioneta y nos la devolvieron después de las 11. Ricardo volvió caminando, ubicó el negocio que había sido de Raúl y luego la fue a buscar. Todo ese tiempo estuve en la confitería desayunando y tomando riquísimos cafés con leche.

El ex-negocio de Raúl
Cargamos la camioneta nuevamente y a eso de las dos de la tarde, salimos hacia Sierra de la Ventana.

27/1/19

El regalo del corazón

Antes de abandonar el relato de Monte Hermoso, merece una entrada principal el amor de las personas con las que compartimos esos días.

Especialmente, Raúl (primo de mi suegra) y Ana (su esposa) son dos seres amorosos, nacidos y residentes en Bahía Blanca, que nos han tratado, como siempre, con mucho cariño. Claro que esta vez estuvimos mucho tiempo solos para compartir.

Ellos son un matrimonio de muchos años, con tres hijas mujeres adultas (primas de Ricardo) con el que tenemos una afinidad en común (hoy poco común): nos gusta conversar de todo y escuchar con interés lo que el otro tiene para contar. Es así como nuestros encuentros solo tuvieron fin porque nos echaban de los restaurantes (nos pasó una noche en La Aldea Restó, del Barrio del Este) o porque la conciencia de la hora se impuso. Nos habíamos propuesto jugar a las cartas, pero no hubo tiempo (¡¡créanlo!!) porque ...mate, café o té de por medio, no pudimos dejar de conversar. 

Ana es una persona de gran corazón. Con su gigantesca (si se pudiera medir) empatía, me demostró en cada abrazo y en cada beso, como casi nadie, que comprendía mi ausencia de mamá. Ella trató de todas formas de compensar ese vacío que ni las vacaciones, ni las geniales compañías, pueden suplir. Eso, para mí, tiene un valor incalculable.


Raúl es el "partenaire" ideal: sus conocimientos sobre todo, su interés por aprender y su exquisito humor nos hizo disfrutar cada momento que pasamos juntos. Una curiosidad: no tenemos casi fotografías de esos momentos. Cuando uno está tan bien, tan en coordinación con el alma, no se piensa en otros términos más que del goce propio.


Con el paso de los días, se sumaron más gente de la familia: Mariana, Julián y sus tres hijos varones (Tomy, Nicolás y Matías); Magu, Jorge y sus dos hijas mujeres (Valentina e Isabella). Ahí empezó el ruido que produce la felicidad: todo es abrazos, risas, juegos, corridas, pelotazos, palabras, caricias, besos...

La foto clásica de cada verano en Monte Hermoso


Como el 23 fue el cumple de Mariana, lo festejamos como otros años pero esta vez no se pudo en la playa (por el viento fresco). Sin ningún problema se armó la fiesta, primero en el jardín de entrada; después adentro. ¡Qué lindo es estar así, felices en familia! La homenajeada lo sabe y su cara lo refleja. Por supuesto que Mariana sopló las velitas, le cantamos el "feliz cumple" pero... no se puso la "coronita", creo que a Ana la distrajimos tanto que se olvidó del folklore cumpleañero montehermoseño, uf, qué trabalenguas. Se sumaron también al festejo los papás de Jorge, que además son vecinos.


También con los chicos jugamos un buen rato a "Preguntados" y me sorprende algo que luego se los comento a Ana y a Raúl: la competencia amorosa entre los hermanos. Ninguno trata de ganar sobre el otro; por ejemplo: el que leía la pregunta buscaba la que suponía que su hermano o primo contrincante sabía la respuesta. Es más: nunca importó mucho quién fuera el primero en ganar; lo interesante fue conocer qué sabíamos de distintos temas. Me encantó ese estilo sano de juego... cuánto habla de lo que somos los juegos de mesa. 


Con los adolescentes, quizás por oficio, tenemos más afinidad: con Tomy nos dimos unos abrazos mágicos (no conocía a nadie que le encantara abrazar como a él) y con Valentina (que es más tímida), también. Con las primas pudimos charlar un montón y nos pusimos al día después de tanto tiempo. 



El 24 de enero, nos visitaron Ernesto y Claudia. Almozamos juntos en La Aldea Restó y después, fuimos a compartir la merienda a la casa de los Sánchez. Ese día fue el más caluroso de toda nuestra estadía de Monte Hermoso. Tanto fue así, que los chicos disfrutaron un rato de la playa, pero se volvieron por miedo a las aguasvivas, que nunca aparecieron... ¿realmente se extinguieron o no? Pero cuando se siente el viento cálido del norte, todos las temen aún.



Lo cierto es que amamos encontrarnos con la familia Sánchez cada verano que podemos pisar la tierra que le recuerda su feliz infancia y adolescencia a Ricardo y también a mí, hermosos momentos.


¡¡Los queremos muuuuuuuuucho!!


Para ver más:



26/1/19

Nos regalamos todos los sentidos del mar

Llegamos a Monte Hermoso, ya en la provincia de Buenos Aires.
Como tuvimos que renunciar al sueño de llegar por la ruta 40 hasta la zona de los Siete Lagos, decidimos cumplir otro: vivir frente al mar, al menos los días de vacaciones que nos íbamos a tomar. 

Así lo hicimos. Y nada más ni nada menos que en un sexto piso a estrenar.
El departamento era hermoso y muy cómodo: amplios dormitorios, dos baños... pero lo mejor: el ventanal (toda la pared) con vista al mar de la sala de estar con la cocina integrada. Como el balcón tenía parrilla, un día Ricardo asó una exquisita colita de cuadril y una morcilla, que le salió muy rico. Pero después le llevó mucho tiempo apagar las brasas, limpiar y dejar todo correctamente. 
¡¡La exquisita colita de cuadril hecha en la parrilla del balcón!!
Qué placer levantarse y tomar mate mirando el cielo y el mar, comer a toda hora mirando el cielo y el mar, ¡¡hasta lavar los platos o cocinar mirando el cielo y el mar!!



Durante las pleamares, la sensación de estar sobre un enorme barco se acrecentaban. Muchas veces sentí eso: que estaba navegando, pero con la ventaja de que nada se moviera.

Solo de costado, se podían ver los amaneceres (no tan lindos) y los atardeceres (inolvidables) de Monte, que por supuesto no dejé de fotografiar en cada oportunidad que tenía, estos últimos más de la playa que desde el balcón.


Un amanecer

Un atardecer desde la playa

Ricardo también sacó provecho: todas las noches se sentaba en uno de esos comodísimos sillones, de diseño moderno y cuerina blanca, frente al ventanal y se quedaba hasta muy tarde escuchando música de jazz mientras disfrutaba de la bella vista del cielo estrellado y de la playa.

El 21 de enero hubo un eclipe lunar que pudimos ver desde el departamento. Ricardo, sin trípode y con su propio pulso, fotografió la Luna de una manera increíble.


Como la mayoría de los días fueron bastante frescos y sumamente ventosos, preferimos quedarnos y disfrutar de la playa desde arriba. 

Todos los días fueron soleados, casi sin nubes... pero una de las últimas noches, Monte Hermoso nos despidió con una tremenda tormenta eléctrica. Sacamos fotos y filmamos algo, pero... ¿quién se perdería un espectáculo de este tenor? Nos sentamos en el balcón, emocionados, a ver esos nudos de desordenados rayos sobre el mar y la iluminación parpadeante de cada espacio, a escuchar truenos sorpresivos y violentos que llegaban de diferentes espacios de un cielo oscuro y aterrador... todo un espectáculo natural del que tuvimos el privilegio de estar en la primera fila.

Nunca encendimos el televisor (como siempre hacemos de vacaciones), pero lo usamos para escuchar la música que habíamos seleccionado para este viaje en un pendrive. Cuando lo apagábamos, el disfrute venía del lado de la naturaleza: el sonido a veces aterrador del viento y otras, el tranquilizador de la marea.

Aproveché este tiempo de quietud también para leer: terminé la novela Una suerte pequeña de Claudia Piñeiro y casi completa (me quedaron pendientes los últimos capítulos) de Las hijas del capitán de María Dueñas. Verán que estoy en una época de fervor feminista: adoro la narrativa de las grandes escritoras de este momento y su sensibilidad extrema.


Un día nos visitó una golondrina que se quedó un buen rato en un rincón del techo del balcón comiendo bichitos... pero lo más sorprendente es que después llegó un pichoncito de golondrina y se quedó más de media hora. Piaba con fuerza (supusimos que llamando a su mamá) hasta que pudo volar. Me permitió su poca edad fotografiarlo sin que se asustara.


En fin, disfrutamos plenamente este bonito espacio como algo parecido a un regalo sorpresa.

Para ver más:

17/1/19

Como en casa...

Llegar a Puerto Madryn casi es como llegar a casa.

Es domingo y hace calor. Mucha gente paseando por la Costanera y en la playa.

A las 12 del mediodía, nos encontramos frente a los departamentos de Romina.Con esa amabilidad que la caracteriza, nos recibe con los brazos abiertos y con el regalo de un descuento considerable en el alquiler de estos dos días que nos vamos a quedar. 
El departamento, como siempre, es una belleza y lo percibimos como un hogar: simpleza, buen gusto y perfección hasta el más mínimo detalle, como nos gusta tanto. Desarmar las valijas, lavar ropa... un placer.


Ricardo consigue unas exquisitas empanadas de varios sabores (muzzarela con jamón, con ananá, con nueces) y fueron nuestro almuerzo. Como aún nos pesa el cansancio, hace calor y nos encanta, nos dormimos una reparadora siesta.

Pasamos un rato por la playa y a eso de las nueve, recibimos a Romina en el departamento. Cerveza y empanadas mediante, nos pusimos a charlar de tantas cosas... hasta las dos de la mañana. 


PANCHO
Una linda sorpresa fue conocer a Pancho, el perrito de Romi, y su historia de rescate: estaba prácticamente abandonado en un refugio; desnutrido y solito, ella se lo llevó y lo salvó. Hoy son compañeros inseparables. 

Es un peluche tan bonito. 

Los que me conocen pueden pensar que me dormí... pero no, fue una conversación tan variada, profunda, tan en concordancia estamos los tres... que no sentí ni por un momento el paso de las horas.







Al día siguiente, como es lunes aprovechamos para ir a los bancos (aquí sí están los nuestros) y caminar un poquito por el centro. Compramos algunos regalitos para llevar a Buenos Aires y otros gustitos para nosotros.

Hoy es un día muy ventoso, demasiado para mí. Entonces aprovecho para hacer "casa". Necesito sentirme en modo "hogar" y eso hago. Mientras tanto, Ricardo también cumple su deseo de lavar la camioneta. Hasta este momento, solo se llenó de polvo de los más variados caminos (tantos kilómetros de ripio dejan todo blanquito) y con la buena onda de un vecino, con baldes (está restringido en determinado horario el uso de agua) pudo dejarla como le gusta a él. Una pinturita.

Compramos helado en la Heladería Del Viento (calidad nivel Dios) y compartimos una cena exquisita preparada por Romina, en su bellísimo departamento. El buen gusto y su profesión prima por sobre cada detalle: ingenio y hermosura. 



Lo mismo sucede con la comida: se ha tomado el trabajo de elegir cada elemento de la comida con la intención de que volvamos a sentir que estamos en nuestro hogar: arroz, palta, langostinos, ensaladas, cerveza... ¡¡es cierto la vida es bella!! A esta receta de "momento especial", hay que ponerle el mejor de los ingredientes: una conversación que va desde el alma, con mil gramos de sentimientos, emociones y pensamientos positivos. 

¿De qué hablamos tanto? Viajes, dolores, alegrías, duelos, creencias, elecciones, luchas, emprendimientos, complejidades, salud, valores, maravillas de la vida... de todo. Después del postre (helado de exquisitos sabores), tuvimos que poner punto final a la noche: mañana es lunes, Romina trabaja y nosotros emprendemos el regreso a la ruta.
¡Qué sentido especial le da a todo cuando uno se encuentra con seres que combinan tan bien con nuestra alma!

Nos despide con mucho cariño y la promesa de un asado, la mamá de Romina que es tan cordial como ella. Nos encantaría volver... Un enorme agradecimiento para toda esta linda familia.

Mañana: a Monte Hermoso... nos esperan más de 700 kilómetros de emociones.

16/1/19

Unos días de descanso no vienen nada mal...

Dos días nos quedamos en Trelew. 
Elegimos un hermoso hotel: el Libertador. Una habitación muy espaciosa y de buen gusto nos dan el marco para un descanso, no solo del cuerpo; también necesitamos no tener que cerrar, revolver y cargar valijas, bolsos y mochilas cada noche.


El día que llegamos (21 hs) solo queríamos comer algo que no fuera pura harina y dormir. Así lo hicimos: ensalada, cerveza y estirarnos en una enorme cama de dos plazas dentro de blancas y suaves sábanas fue como el paraíso.

El desayuno del día siguiente (sábado) fue asombrosamente rico y variado. Trato de optar por algo sano e incorporo por primera vez una ensalada de frutas. Me siento mucho mejor.
Como tenemos que resolver el tema de la revisión de la camioneta (estamos a punto de llegar a los 20.000 kilómetros y no queremos perder la garantía de fábrica), visitamos una concesionaria Ford: nos atienden muy bien (tres empleados: dos de ellos varones sacados de una agencia de modelos) y nos explican algunos datos que no conocíamos. Lo importante: los turnos son de una semana a otra. Ahora sabemos que tenemos que armar una estrategia porque hay, sí o sí, que hacerlo antes de llegar a Buenos Aires.

Al mediodía caminamos por las avenidas del centro, pasamos por el Museo Paleontológico que ya conocemos, por la peatonal y almorzamos una ensalada exquisita en un restaurante muy hermoso ("Raíces"), puesto en una vieja casona. Lo que nos molestó muchísimo es que en la mesa de nuestro lado, había tres personas: una extranjera (mexicana, parece) y dos compatriotas que hablaban en voz muy alta, de política especialmente y la verdad: nos distrajeron y no nos permitieron conversar con tranquilidad. Menos mal que la comida sí valía nuestra presencia allí. 

Al salir de allí, nos comimos dos helados exquisitos de Freddo. Nos compensamos: lo dulce es imprescindible.



Esa tarde, en la habitación, con un wifi de primer nivel, después de una regia siesta de dos horas, resolvimos varias situaciones: nuestra amiga Romina nos ofreció pasar las siguientes dos noches en Puerto Madryn en un departamento de su complejo, reservamos una semana en Monte Hermoso y de allí, podríamos hacer la revisión de la camioneta en Bahía Blanca. Parece que no, pero logramos definir estos días que nos quedan antes de volver al infierno de Buenos Aires.

Felices, salimos a disfrutar un poco la noche de sábado de Trelew. Pasamos un rato para conocer el Casino (está a poquitas cuadras del hotel). Me voy contentísima: jugamos apenas $100 cada uno; yo le gané $25 en una de las máquinas tragamonedas; Ricardo apenas pierde $50 y lo bueno es que nos entretuvimos un rato. 
El empleado del Casino que nos dio el dinero nos bromeó, nos dijo que estaba preocupado por nosotros, de que nos convirtiéramos en adictos al juego... Nos reímos un rato haciendo chistes al respecto. ¡¡Gran pérdida para la institución!!

De allí, fuimos a comer unas ricas empanadas de jamón y queso al mismo lugar en el que, durante nuestro viaje con José y Yanina, habíamos almorzado en ese momento: tartines. La onda de las camareras y del lugar, excelente.

Al día siguiente, desayuno mediante, guardamos nuestros "petates" y salimos rumbo a Puerto Madryn. Antes de esto, recorrimos la plaza central de la ciudad y pasamos por una farmacia a comprar algunas cositas que nos faltaban.

Al pasar por el frente del Diario El Chubut, nos encontramos con estas figuras y nos sacamos fotos. Son las mascotas del diario: su suplemento infantil, Club Chubutín, tiene como representante a Chubutín y su mascota, el pingüino.

La Plaza Independencia (hace poco remodelada) es hermosísima: llena de árboles, todo limpito, prolijito, ordenado. En el centro, tienen una glorieta, llamada Kiosko del Centenario, que no puede ser más bella. Le sacamos muchas fotos porque debe ser el orgullo de la ciudad. Alrededor de la plaza, hay viejas casas de madera de una construcción muy original, pero no están tan bien cuidadas. 

Algo que nos llamó mucho la atención fue el espacio dedicado a los artesanos: puestos de metal y madera, con electricidad, fijos, bien armados. Nos alienta a creer que allí se valora el trabajo artístico de la gente.

Hay también una placa, digamos "curiosa", en la que se lee que homenajean a un intendente (no recuerdo el nombre) que fue reelegido tres veces y que ha hecho mucho por la ciudad en los últimos años. Insólito tratándose de un político.

La impresión general de Trelew es que, como el resto del país, no está pasando por su mejor momento. Leemos por todos lados reclamos: de justicia, contra el machismo, de pérdida del empleo, de pedidos por que no se cierren escuelas rurales, entre otros. Da la apariencia de una población combativa. Pero, como siempre aclaro en este blog: son impresiones, nada más que eso.

14/1/19

Sorpresa: El Valle de Los Altares

Llegó el día de mayor esfuerzo (y locura): hicimos en un día 743 kilómetros, en 9 horas de viaje por las rutas 40 (hasta Tecka) y por la ruta 25 hasta Trelew.

Salimos de Río Mayo a las 10.30, con los termos llenos y el desayuno (dos facturas) en un paquetito. La Ruta 40 es hermosa por dónde se la mire... paramos algunas veces a sacar fotos y a estirar las piernas. Como todo este tramo (no es el tradicional) está asfaltado, podemos disfrutar mirando las maravillas del paisaje. 



Pasamos algunas estancias o parajes perdidos en la nada y pasamos por Gobernador Costa. En cada YPF que nos cruzamos, cargamos combustible; a pesar de que no falta, es un buen consejo que seguimos a rajatabla.

Llegamos a Tecka y, con mucha desilusión, dejamos atrás la ruta 40. Tenemos la certeza de que volveremos a pisarla y conoceremos en otro momento la zona de Esquel hacia el norte. No ahora.
Tomamos la ruta 25, que cruza desde la cordillera hasta la costa (ciudades de Trelew y Rawson) de la provincia de Chubut. Consideraciones generales: buena parte de esta carretera está en malas condiciones. Cada tanto aparecen carteles que advierten acerca de la existencia de baches y deformaciones. Nos preguntamos qué tan difícil es arreglarla de una vez y no ocuparse de poner tantos carteles. En fin, hay cosas que pasan en nuestro país que es una constante: somos políticamente desastrosos.

Lo que nos sorprendió es que al llegar casi en la mitad del camino a Trelew, nos encontramos con el Valle de Los Altares. Son algo así como 280 kilómetros que la ruta bordea y se mete dentro de estos bloques de piedras enormes y coloradas, con formas maravillosas. 




Son farrallones naturales, de colores cobrizos, formadas por piedras de diferentes formas y tamaños (algunas asustan por cómo están colgadas) que rodean el río Chubut con su color turquesa.



Por momentos, nos hace recordar otra ruta que nos encanta y que tuvimos la suerte de conocer hace unos años atrás, la Quebrada de las Conchas en Salta (camino a Cafayate). Emociona ver esa magia que la naturaleza nos regala para nuestros ojos...

Paramos un montón de veces, bajamos de la camioneta y sacamos muchas fotos. 
Pasamos por el Dique Ameghino, Dovalon y Gaiman, hermosísimos parajes que ya habíamos visitado el año pasado.

Cerca de las nueve de la noche, llegamos a Trelew y nos hospedamos en el Hotel Libertador, una belleza. Comimos algo y, agotadísimos, nos tiramos en la cama... ¡¡necesitamos descansar después de tanto viaje!!

Para ver más:


13/1/19

Patrimonio de la Humanidad: la Cueva de las Manos y un paraíso increíble...

El 10 de enero fue un día de tomar decisiones.

Con mucha decepción, elegimos cambiar el rumbo. El brote del hantavirus, con sus sucesivos decesos, en la zona de Esquel nos hace pensar sobre dos aspectos: uno, el peligro de un posible (aunque no tan sencillo) contagio del que podríamos ser víctimas; dos, el hecho de que todos los eventos turísticos de una amplia zona relacionada con el virus se hayan anulado y que las personas les estén dando de baja a sus reservas, nos hace más difícil continuar.

Decidimos llegar hasta la localidad de Tecka por la ruta 40 y volver hacia la costa, es decir, a la ruta 3. Nos da mucha tristeza suspender el sueño que teníamos de llegar a conocer y disfrutar de El Bolsón, Bariloche, Villa La Angostura, San Martín de los Andes... pero aún así creemos que es la mejor idea, seguiremos disfrutando de otros lugares antes de volver a casa.

Saliendo de Gobernador Gregores, retomamos la ruta 40 (la nueva) por la avenida principal que (como tantas otras) se llama San Martín. La idea es visitar la Cueva de Las Manos. En el mapa, parece como un camino de ripio que se toma desde la 40.

Antes de llegar allí, conocemos lo que en el mapa lleva como nombre Bajo Caracoles: es una parada para cargar combustible, una hostería, una especie de almacén de ramos generales y pequeño comedor. Lo que más me gustó de este lugar fueron sus surtidores llenos de calcomanías de ruteros.

El camino hacia la Cueva de las Manos no es nada sencillo: el ripio es desparejo, una buena parte es además camino de montaña y realmente, aquí valoramos mucho el manejarnos con una camioneta. Nos cruzamos con muchos turistas, en autos particulares o en vans de agencias. Siempre, siempre, donde vayamos hay extranjeros.

La Cueva de las Manos es un sitio arqueológico de pinturas rupestres, que se encuentra en el maravilloso cañadón del Río Pinturas. ¡Qué lugar espectacular! Se siente tanta emoción... 

Estas pinturas rupestres fueron originalmente descubiertas por el admirable Perito Francisco Pascasio Moreno, en el año 1876. Desde el año 1999, la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad. Hoy está controlada y cuidada, porque en otros momentos recibió la agresión de ignorantes que las pintaron y destruyeron. Ay, qué imbéciles, ¿no?

Cada media hora ofrecen una visita guiada. A nosotros nos tocó una chica que tenía muy bien estudiado el discurso que debía dar, con amabilidad cuidada, respondió cada pregunta que le hicimos. Como en nuestro grupo había dos extranjeros, ella le dedicaba un espacio especial en inglés al terminar las explicaciones en español.



Salimos muy felices de esta pequeña excursión... tanta historia (las más antiguas datan de 9000 años atrás), tanta belleza natural en el cañadón, que salimos con el alma llena de energía.

Retomamos la ruta 40 con la ilusión de poder alojarnos en el pueblo de Perito Moreno y al día siguiente, conocer Los Antiguos. Pero no pudimos. 

Al llegar a Perito Moreno, fuimos a la Secretaría de Turismo y nos informaron que no había ningún alojamiento libre (ni una camita) y mucho menos en Los Antiguos porque había empezado ayer la Fiesta Nacional de la Cereza. Después nos enteramos de que ese mismo día, cantaba el Chaqueño Palavecino en el evento... ¡¡qué íbamos a conseguir!!


Decidimos, antes de irnos y ya que solo habíamos almorzado unas galletitas y un turrón, merendar y de paso conocer el histórico Salón Iturroz. Este bar es realmente hermoso: un museo de fotografías, antigüedades, recuerdos de la región. Una señora muy amable lo atiende: fue tan buena onda con nosotros que hasta llegó a reiniciar el wifi para que nosotros pudiéramos conectarnos. Tomamos la merienda, aprovechamos para avisar a los amigos nuestra decisión de cambiar la ruta y le compramos algunas recuerditos del lugar.

¡¡Y a la carga!! Nuevamente a la ruta, con el atardecer a nuestras espaldas y la ruta 40 por delante... Después de las 10 horas, llegamos a Río Mayo. A oscuras, desierto, fresco... elegimos (agotadísimos) un hotel (el que desde afuera parecía mejor) y pedimos alojamiento. 


Este hotel, llamado "El viejo Covadonga", más allá de la atención de dos mujeres mayores y amables, tenía historia en sí mismo. Un rarísimo estilo abrumador (muebles, colores, adornitos, gato durmiendo, hasta un retrato de cuerpo entero de Eva Perón...) le da al viejo edificio un toque especial. Nos ofrecen la mejor habitación...¡y la tomamos! Lo mejor: un baño renovado y un colchón enorme y muy confortable, lo que nos evitó poner algún interés en el estilo decorativo, insisto "abrumador". 

Río Mayo tendrá una fiesta muy importante en los próximos días: la Fiesta Nacional de la Esquila. Eso explicaría por qué hay tantas camas para alojar turistas, a pesar de lo pequeño como es.

Eso sí: teníamos que cenar algo antes de caer exhaustos sobre la cama. En frente del hotel, está el comedor-rotisería "Lo del gordo": allí nos sirvieron una espantosa pizza de muzzarella, mal hecha con prepizza y un queso sin sabor. Nos rodeaban extranjeros (una familia de tres franceses con estilo "hippie") y parroquianos, mientras escuchábamos unas tres o cuatro canciones del Chaqueño. Por favor... ¡¡la cuenta!!

Fin de un día de recorrido en camioneta de 452 kilómetros (buena parte en feo ripio), es decir: casi 8 horas y media, según el GPS del celular. Uf.

Para ver más: 


12/1/19

Bordeando los lagos santacruceños

Antes de irnos de El Calafate, nos dimos el gusto de dar una vuelta alrededor del lago (Lago Argentino); en esta época del año, con escasa cantidad de agua. La avenida que lo rodea se llama Presidente Néstor Kirschner. Hay poca gente. Son las 11 de la mañana y el viento es muy fuerte. Vemos algunas personas corriendo, un fotógrafo con su lente potentísimo que apunta a las aves que están en el lago, una señora paseando un perrito, una chica que medita hacia la cordillera, otros dos que conversan... Hay que entender, también,que es un día laborable.


Tomamos el desayuno que no nos dieron en la hostería en una Panadería-Confitería llamada Don Luis. Tienen tres o cuatro mesitas: una está ocupada por dos casi adolescentes rubias que conversan en inglés y otra, por un trío de un hombre y dos mujeres (una con un niño durmiendo en brazos) que se ríen y charlan en francés. Alrededor de ellos, bolsos y mochilas. Por la ventana entra el sol y se ve parte del bellísimo lago turquesa.


Fue una delicia el alfajor de dulce de calafate que me comí. Ricardo, un clásico alfajor de maicena con dulce de leche, elaborado ahí mismo.
Nos fuimos a eso de las 11.30 a recorre los casi 300 kilómetros que hoy hicimos.



Imposible no para en el Parador-Estancia La Leona. Ya habíamos estado acá en el 2009 y sigue siendo tan lindo como antes, casi no ha cambiado.
Lo recorrimos por dentro, almorzamos unos tostados de jamón y queso. Nos encontramos con muchos turistas, mayoría extranjeros, pero lo más interesante fue la visita de dos parroquianos a caballo. Un poco parcos de palabras, conversamos sobre la señal de wifi (que era muy débil) y, mientras esperaban la comida, uno de ellos se puso a jugar con una cuerda y un aro pequeño.
Nos despertó mucha curiosidad y hasta Ricardo probó suerte cuando el "gaucho" consiguió enganchar. El juego es una mezcla de tiro al blanco con la sortija. En la pared, hay un tablero con un gancho (algo torcido). A distancia bien medida, cuelga del techo una cuerda y de ella, un aro o sortija de metal. Lo que se debe lograr (bastante difícil) es acertar el aro y que quede allí enganchado. Hace falta mucha paciencia...

Paseamos un rato por las afueras, es un día de sol maravilloso y hay muy poco viento. Nos acercamos a la orilla del Río Santa Cruz (tan turquesa él) y tocamos el agua. Nos pareció fría, pero menos de lo que nuestra imaginación creaba.


A lo largo de la ruta paramos en un par de miradores del Lago Viedma y de la Cordillera (el Fitz Roy, bellísimo) En uno, vimos como un compatriota corría como loco para sacarle una foto a una mulita. En otro, un zorro habituado a la gente y tan astuto como en las fábulas, nos esperaba.Sí, el animalito le había tomado el pulso a los turistas. Mientras bajaban al mirador, él se paraba y se movía y a cambio recibía algo de comida, a la par todos le sacaban fotos. Eso sí, nunca daba sus espaldas (o cola, debería poner) a ningún ser humano. Cuando se fueron todos, nos quedamos solos con él. Se echó y se puso a rascarse como un perro, pero no me dio nada de calce. Le saqué fotos, pero ni con chistidos logré que se levantara.

Fue gracioso, porque al momento de irnos, llegó una casa rodante (de esas de ensueño) con un matrimonio extranjero, que evidentemente nada entendían el español. Quisimos avisarle del zorrito, pero a mí no se me ocurrió ni por un momento cómo se decía en inglés (pensaba en Mozilla y ni eso), hasta que a Ricardo le saltó la palabra "fox" y ahí sí nos entendieron.


Pasamos por la diminuta y prolija población llamada Tres Lagos. Desde allí y por más de 100 km tuvimos que hacer la 40 sobre ripio, en bastante mal estado por tramos. Nos cruzamos con muchos otros vehículos y motos. No fue nada sencillo, pero los paisajes hicieron que valiera la pena.

Descubrimos también que una parte de la Ruta 40 tradicional fue cambiada y, para hacerla asfaltada, tomaron otra y le pusieron esa nomenclatura. Ni siquiera encontramos el lugar por dónde se conectan ambas.

A media tarde, llegamos a Gobernador Gregores. Una larga custodia de verdes árboles nos reciben. Vamos directamente a la Oficina de Informes del lugar y nos encontramos con dos jovencitas amabilísimas. Nos quedamos charlando con ellas casi una hora y terminamos a los besos. Nos recomendaron para pasar la noche la Hostería Lago Cardiel. Un lugar sencillo, pero moderno y espacioso... hasta estuvimos charlando un buen rato con la simpática nieta del hombre que tiene la concesión del lugar, cuyo apellido es Fracasso (hicimos unos chistes al respecto).



En este lugar tuvimos un pequeño percance. Al estacionar sobre la avenida San Martín de Gregores, dejamos a la camioneta sobre lo que pensamos que era un baldío y nos fuimos a la Oficina de Informes. En un momento, escuchamos bocinazos violentos... y con las chicas nos reíamos pensando que esos ruidos se parecían a los de Buenos Aires. Al ratito, veo una mujer que está agachada al lado de la rueda derecha delantera y le aviso a Ricardo. La señora quería desinflarnos la rueda porque no la dejábamos salir con su auto...¡¡enojadísima!! No la calmaron ni los pedidos de disculpas de Ricardo.
Esa noche, comimos en el hotel y dormimos bastante bien.

Para ver algo más: