Empezaré por el lunes: apenas dejamos el apart hotel de Río Gallegos, nos dedicamos a dos cosa; la primera, a sacar dinero de los cajeros automáticos (por muchos kilómetros no volveremos a encontrar otros de los bancos en donde tenemos cuenta) y lo segundo, visitar el Mausoleo del Ex-Presidente Néstor Kirchner.
Lo primero fue exitoso y además, muy importante, nos permitió ver una ciudad en movimiento, con sol, la gente yendo de aquí para allá, muchos autos... en fin, nos hizo pensar que no está bueno juzgar a una ciudad si solo se la ve un domingo y nublado. Además, gracias al capricho del GPS, pudimos conocer otros barrios, más residenciales, hermosísimos.
Luego llegamos al cementerio, un lugar que merece un capítulo aparte y solo si ven las fotos me entenderían: las bóvedas son casas. Sí no exagero, tienen puertas y ventanas que se usan para viviendas, y están pintadas de colores alegres o revestidas con piedras o cerámicas de diferentes colores y texturas. Tantos las bóvedas, como los nichos y las sepulturas tienen muchos adornos navideños, sin duda: sienten la muerte de una manera muy diferente a nosotros. Todo este lugar me hace acordar a los cementerios del Norte que tuvimos oportunidad de visitar.
| Comienzo de la ruta 40 |
| Dejamos nuestra marca en la ruta 40 |
En este camino, todo es bellísimo. Tanto que cuesta contar, es más, ni siquiera las fotos pueden mostrar con fidelidad lo que nuestros ojos, cargados de emoción, pueden apreciar.
Lo cierto es que nos cruzamos con dos o tres estancias privadas, muchas ovejas, cruzamos varias veces el Río Gallegos y otras la trochita de un tren que aún funciona para transportar minerales.
Pudimos ver los vagones estacionados: parecen de un juego para niños. También fotografiamos puentes ferroviarios y yo, que admiro la fuerza natural de las plantas en estos crudos lugares, muchas de las flores silvestres que bordean la ruta. De paso, cada tanto estiramos las piernas y los huesos.
Almorzamos unos riquísimos sandwiches de miga con palmitos y jugo de naranja, con una vista privilegiada de nubes y elevaciones digna de envidia.
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| Casa de Veintiocho de Noviembre |
Más tarde, llegamos a una ciudad pequeña (asentada en un valle verde) llamado Veintiocho de Noviembre y a poquitos kilómetros, entramos en Río Turbio.
Pasamos por la Central Termoeléctrica, la entrada al Yacimiento Carbonífero y su Museo, seguimos por la avenida principal y buscamos un hotel. Conseguimos alojamiento en uno muy lindo: Hotel Nazó, para pasar la noche.
Cansados y friolentos, cenamos en el hotel (hay en la planta alta un comedor con amplios ventanales sin cortinas que nos permiten ver desde un excelente plano la ciudad) La comida es rica; el ambiente, muy agradable.
Dormimos muy bien, aunque nos molestó mucho el calor: dentro de la habitación, había como cuarenta grados. Creánlo: tuvimos que abrir la ventana.
Y otra vez, a la ruta... Un buen tramo fue de asfalto hasta que... llegamos a una bifurcación. Justo en ese lugar, hay una especie de "mini-estación de servicio" de bandera blanca. Preguntamos cuál era la 40 al señor que atendía el surtidor. La respuesta fue dígna de nuestro país: la ruta 40 original era la de ripio que estaba a su izquierda, pero para que figurara en los mapas como asfaltada, a la de la derecha le habían puesto el mote de "nueva" ruta 40 los de Vialidad Nacional. Este es el país de la truchada, lo tomamos como una costumbre argenta más y Ricardo, el comandante de esta locura, decide seguir las tradiciones... ¡al ripio, Ranger!Fueron unos 60 kilómetros, largos y (perdonen si ofendo la sensibilidad de alguno) aburridos. El paisaje fue muy monótono por momentos y el ripio, muy inestable.
En fin, igualmente llegamos al asfalto vivitos y sanos. Desde ese momento hasta entrar a la ciudad de El Calafate, el paisaje fue maravilloso. El río, primero,y el lago, después me deslumbran con su color turquesa, o verde aturquesado, no lo sé. Las nubes coronan los picos de la Cordillera y en regiones lejanas, hacen caer su carga en forma de cortinas.
Cuando llegamos fue maravilloso: mucho sol, mucho verde... Hacía casi 10 años que no pisábamos esta ciudad, sigue igual de linda, con más negocios y mucho más verde de lo que habíamos visto en el 2009.
Nos costó bastante conseguir alojamiento. Está repleto de turistas de todo el mundo: parece Babel, se escucha hablar en inglés, en francés, en otras lenguas que no hemos identificado. Es el espectáculo de colores más costoso de este viaje: todos (especialmente los extranjeros) usando ropa deportiva, para invierno, de marcas internacionales. Por supuesto, que es un lugar amistoso y agradable.
Comimos pizza en La Lechuza: un lugar en el que mi hermano Gustavo nos había llevado. Pedimos auxilio a Informes Turísticos y nos aconsejaron una hostería que se llama los Dos Pinos. No es para nada lujosa, pero es cómoda y limpia.
Nos recorrimos la Avenida del Libertador, de un lado a otro. Miramos negocios, merendamos en un cafecito precioso con una moza súper simpática, cenamos dos empanadas en otro lugar, La Lechuzita, y otra moza simpática, que recién comenzaba a trabajar y a la que le tuvimos que dar una manito. Es preciso que sepan algo: hace tanto frío que cualquier día de invierno en Buenos Aires. Es así...
Volvimos a la hostería a dormir, hoy nos espera otro tramo largo. Nos preocupa la aparición del hantavirus en Esquel. Estamos decidiendo qué hacer.
Nota: mi cabello es un desastre, lo sé. Aquí la falta de humedad me juega en contra.
Para ver algo más:






Estás hermosa María de las Laura's! Que humrdad ni humedad!!
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