9/1/19

A la carga: sumamos kilómetros de la 40

Hoy, miércoles 9 puedo asegurarles que no es tan fácil combinar buena señal de wifi y tiempo para sentarme a escribir como suponía que iba a poder hacerlo. En fin, aquí estamos... despertándonos en El Calafate. ¿Cómo es que hoy ya estamos aquí? 

Empezaré por el lunes: apenas dejamos el apart hotel de Río Gallegos, nos dedicamos a dos cosa; la primera, a sacar dinero de los cajeros automáticos (por muchos kilómetros no volveremos a encontrar otros de los bancos en donde tenemos cuenta) y lo segundo, visitar el Mausoleo del Ex-Presidente Néstor Kirchner.

Lo primero fue exitoso y además, muy importante, nos permitió ver una ciudad en movimiento, con sol, la gente yendo de aquí para allá, muchos autos... en fin, nos hizo pensar que no está bueno juzgar a una ciudad si solo se la ve un domingo y nublado. Además, gracias al capricho del GPS, pudimos conocer otros barrios, más residenciales, hermosísimos.

Luego llegamos al cementerio, un lugar que merece un capítulo aparte y solo si ven las fotos me entenderían: las bóvedas son casas. Sí no exagero, tienen puertas y ventanas que se usan para viviendas, y están pintadas de colores alegres o revestidas con piedras o cerámicas de diferentes colores y texturas. Tantos las bóvedas, como los nichos y las sepulturas tienen muchos adornos navideños, sin duda: sienten la muerte de una manera muy diferente a nosotros. Todo este lugar me hace acordar a los cementerios del Norte que tuvimos oportunidad de visitar.



Lo del Mausoleo nos impresionó mucho por varias razones. Primero, más allá de cualquier polémica o sentimiento partidista o antipartidista, nosotros sentimos interiormente agradecimiento a este expresidente por varias razones, una fundamental: nos salvó económicamente de perder mucho y representó las ideas que tenemos con creces sobre cuestiones históricas de nuestro país. Todo lo demás, lo juzgará la historia. El otro punto: la enormidad del mausoleo, un bloque frío, innecesariamente monumental y oscuro... contrasta negativamente en un lugar donde la tradición son los colores y la sencillez de los galleguenses y del perfil del hombre político que se vislumbraba por sus acciones políticas, antes y después de ser presidente. Quizás hay mucho para analizar, pero no ahora... Tenemos que seguir viaje...


Comienzo de la ruta 40
Dejamos nuestra marca en la ruta 40
Iniciamos esta etapa cerca del mediodía: luego de un tramo de asfalto, hicimos algo así como 100 kilómetros de ripio. Algunos sectores en muy mal estado, otros no tanto, pero en baja velocidad y con muchísimo cuidado, lo superamos. 

En este camino, todo es bellísimo. Tanto que cuesta contar, es más, ni siquiera las fotos pueden mostrar con fidelidad lo que nuestros ojos, cargados de emoción, pueden apreciar. 



Lo cierto es que nos cruzamos con dos o tres estancias privadas, muchas ovejas, cruzamos varias veces el Río Gallegos y otras la trochita de un tren que aún funciona para transportar minerales. 




Pudimos ver los vagones estacionados: parecen de un juego para niños. También fotografiamos puentes ferroviarios y yo, que admiro la fuerza natural de las plantas en estos crudos lugares, muchas de las flores silvestres que bordean la ruta. De paso, cada tanto estiramos las piernas y los huesos.







Almorzamos unos riquísimos sandwiches de miga con palmitos y jugo de naranja, con una vista privilegiada de nubes y elevaciones digna de envidia.



Casa de Veintiocho de Noviembre

Más tarde, llegamos a una ciudad pequeña (asentada en un valle verde) llamado Veintiocho de Noviembre y a poquitos kilómetros, entramos en Río Turbio. 

Pasamos por la Central Termoeléctrica, la entrada al Yacimiento Carbonífero y su Museo, seguimos por la avenida principal y buscamos un hotel. Conseguimos alojamiento en uno muy lindo: Hotel Nazó, para pasar la noche.


Después de instalamos, salimos a recorrer un poco el lugar: sus calles son inclinadas, toda la ciudad está construída sobre la ladera de montañas. Recorrimos la Plaza Centenario del Carbón, sacamos fotos al Reloj, la glorieta de madera y la capilla que están en lo alto. Recorrimos algunas calles más, pero... nos ganó el frío. En enero, imaginarse con buzos, camperas, manos en los bolsillos, a las seis de la tarde, nos parece ciencia ficción. Pero no: a esa hora hacía apenas unos 4 grados y amaneceríamos con 0, sí, cero grado. 

Cansados y friolentos, cenamos en el hotel (hay en la planta alta un comedor con amplios ventanales sin cortinas que nos permiten ver desde un excelente plano la ciudad) La comida es rica; el ambiente, muy agradable. 

Dormimos muy bien, aunque nos molestó mucho el calor: dentro de la habitación, había como cuarenta grados. Creánlo: tuvimos que abrir la ventana.



Y otra vez, a la ruta... Un buen tramo fue de asfalto hasta que... llegamos a una bifurcación. Justo en ese lugar, hay una especie de "mini-estación de servicio" de bandera blanca. Preguntamos cuál era la 40 al señor que atendía el surtidor. La respuesta fue dígna de nuestro país: la ruta 40 original era la de ripio que estaba a su izquierda, pero para que figurara en los mapas como asfaltada, a la de la derecha le habían puesto el mote de "nueva" ruta 40 los de Vialidad Nacional. Este es el país de la truchada, lo tomamos como una costumbre argenta más y Ricardo, el comandante de esta locura, decide seguir las tradiciones... ¡al ripio, Ranger!

Fueron unos 60 kilómetros, largos y (perdonen si ofendo la sensibilidad de alguno) aburridos. El paisaje fue muy monótono por momentos y el ripio, muy inestable.

En fin, igualmente llegamos al asfalto vivitos y sanos. Desde ese momento hasta entrar a la ciudad de El Calafate, el paisaje fue maravilloso. El río, primero,y el lago, después me deslumbran con su color turquesa, o verde aturquesado, no lo sé. Las nubes coronan los picos de la Cordillera y en regiones lejanas, hacen caer su carga en forma de cortinas.
Cuando llegamos fue maravilloso: mucho sol, mucho verde... Hacía casi 10 años que no pisábamos esta ciudad, sigue igual de linda, con más negocios y mucho más verde de lo que habíamos visto en el 2009.




Nos costó bastante conseguir alojamiento. Está repleto de turistas de todo el mundo: parece Babel, se escucha hablar en inglés, en francés, en otras lenguas que no hemos identificado. Es el espectáculo de colores más costoso de este viaje: todos (especialmente los extranjeros) usando ropa deportiva, para invierno, de marcas internacionales. Por supuesto, que es un lugar amistoso y agradable. 

Comimos pizza en La Lechuza: un lugar en el que mi hermano Gustavo nos había llevado. Pedimos auxilio a Informes Turísticos y nos aconsejaron una hostería que se llama los Dos Pinos. No es para nada lujosa, pero es cómoda y limpia.



Nos recorrimos la Avenida del Libertador, de un lado a otro. Miramos negocios, merendamos en un cafecito precioso con una moza súper simpática, cenamos dos empanadas en otro lugar, La Lechuzita, y otra moza simpática, que recién comenzaba a trabajar y a la que le tuvimos que dar una manito. Es preciso que sepan algo: hace tanto frío que cualquier día de invierno en Buenos Aires. Es así...

Volvimos a la hostería a dormir, hoy nos espera otro tramo largo. Nos preocupa la aparición del hantavirus en Esquel. Estamos decidiendo qué hacer.

Nota: mi cabello es un desastre, lo sé. Aquí la falta de humedad me juega en contra. 

Para ver algo más: 


1 comentario:

  1. Estás hermosa María de las Laura's! Que humrdad ni humedad!!

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